El arte está de luto: la justicia y la paz siguen esperando

Por Gonzalo Bravo Álvarez. // Obispo San Felipe

Es difícil juzgar las intenciones más profundas de los actos humanos, pero es fácil percibir el clima de enfrentamiento que evidencia una sociedad, que tiene reales dificultades para solucionar los problemas básicos de convivencia. La violencia no es el camino de solución para las injusticias; las prepotencias personales e institucionales son inaceptables, y no pueden ser toleradas en el marco de las legítimas manifestaciones sociales; las mutuas acusaciones no ayudan a vislumbrar las verdades que nos harán encontrar los senderos de justicia, que son los únicos que conducen a una sana vida democrática, plural, diversa y pacífica. //

Francisco, un artista callejero, con sus instrumentos de ilusión y alegría, ya no está entre nosotros. Lo han matado. Quien ha cometido este acto, un carabinero, alega legítima defensa. No creo que ninguno de ellos haya previsto ese encuentro, o, tal vez sería mejor decir, ese desencuentro.

Chile está herido, sensible, molesto y alterado. Las posiciones personales, los prejuicios y las experiencias vividas nos están alejando unos de otros, hasta el grado de ver un enemigo en un hermano. Quien debió ser defendido, fue atacado. Quien debió alegrar con su arte, ahora nos hace llorar con su muerte. Quien debió velar por la justicia y el orden, hoy es acusado de cometer un acto de atroz injusticia que ha provocado un desorden social sin precedentes en el pacífico Panguipulli.

Algo estamos haciendo mal como sociedad. Algo debemos cambiar en las instituciones y en nuestras convicciones, actitudes y acciones. Mis palabras son para animar a la paz, al cambio real del corazón que, a mi juicio, es el corazón del cambio social. No puede ser que quien buscaba alegrar con su arte, haya muerto; que quien prometió servir a la sociedad, hoy sea acusado de quitar una vida.

Es difícil juzgar las intenciones más profundas de los actos humanos, pero es fácil percibir el clima de enfrentamiento que evidencia una sociedad, que tiene reales dificultades para solucionar los problemas básicos de convivencia. La violencia no es el camino de solución para las injusticias; las prepotencias personales e institucionales son inaceptables, y no pueden ser toleradas en el marco de las legítimas manifestaciones sociales; las mutuas acusaciones no ayudan a vislumbrar las verdades que nos harán encontrar los senderos de justicia, que son los únicos que conducen a una sana vida democrática, plural, diversa y pacífica.

Respeto, comprensión y acogida son actitudes que nos deben hacer valorar la vida, toda ella, desde la convicción de que somos todos iguales, aun cuando podamos pensar distinto, tener diversas experiencias, creencias e ideales. Todos, todas somos parte de una sociedad que necesita nuevos impulsos para la justicia y la paz. Qué mal cuando el actuar de una persona atenta contra la vida de otra; qué lamentable cuando emerge la violencia de nuestros corazones; pero qué tremendo cuando nadie se pregunta a sí mismo o a sí misma qué estamos haciendo para que haya otro Chile, con mejores instituciones y renovadas personas, un país en el que podamos disfrutar de lo hermoso de la vida que se nos ha dado, precisamente, para vivirla con alegría, gozo e intensidad.

El arte no puede morir, aunque Francisco no esté con nosotros. Las instituciones y los procedimientos que buscan velar por la paz social deben ser revisados. Debemos darnos cuenta que hace tiempo llegó el momento de construir un mejor país, antes que la violencia desbocada nos robe la pacífica convivencia que necesitamos para vivir dignamente. El arte está de luto; la justicia y la paz siguen esperando. Mirarse cada uno con deseo de cambio es clave para disponernos a ser artífices de un Chile que requiere no seguir adelante en el camino de la represión, de la violencia y del menosprecio de quien es o piense distinto.

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