¿Es moralmente correcto tener hijos en un mundo condenado por el cambio climático?

Tener hijos mientras mantienes un discurso tremendista, oscurantista y agorero, amén de ludita y flower power, sin embargo, parece bastante contradictorio a nivel lógico y moral. //

Tener hijos es medioambientalmente insostenible, como ya explicaba un siniestro personaje en la serie Utopía. Y, aunque apoyemos la estafa piramidal que constituye el sistema de pensiones actual, esos hijos que tendremos estarán condenados a un mundo ciertamente apocalíptico.

Así pues, ¿es moralmente cuestionable tener hijos? Más aún: ¿Las personas más concienciadas con el medioambiente deberían ser las que porcentualmente menos hijos debería tener (ya sea para no contribuir a ello, ya sea para evitar sufrimiento a generaciones futuras con trazas de sus genes)? Vamos a tratar de analizar todas las facetas espinosas de esta cuestión.

Superpoblación

Para muchas personas, la Tierra está superpoblada. No es algo que todo el mundo sostenga, porque hay quienes señalan que la superpoblación no es una cuestión de número de personas que seamos, sino de nuestras capacidades tecnológicas para extraer recursos, multiplicar su eficiencia o cambiar a otros recursos cuando los escasos se agotan.

También hay quienes creen que, en realidad, somos muy pocas personas, porque todos cabríamos en la Península Ibérica con la densidad demográfica de Nueva York (es decir, en una mega ciudad tipo Nueva York del tamaño de la Península Ibérica), dejando el resto de la Tierra completamente vacía.

También, al ser más personas, también habrá más cabezas (más científicos, por ejemplo) tratando de multiplicar los recursos o las maneras de sobrevivir. Después de todo, vivimos rodeados de abundancia: solo hay que saber cómo extraerla: por ejemplo, la abundancia de la energía del sol. Jeremy Rifkin es optimista, como explica en el libro La sociedad del coste marginal cero: «Mi opinión es que, de no surgir imprevistos, el 80% de la energía que generemos será renovable antes de 2040».

Contradicción

Sin embargo, estos argumentos optimistas no suelen convencer a la mayor parte de las personas, que se dejan arrastrar por los discursos más agoreros consistentes en que el ser humano es una plaga que arrasa en planeta, que la madre naturaleza es buena y prístina (e ignoran que dentro de unos años nos congelará, y dentro de unos millones más, el sol nos devorará). Y son precisamente estas personas, la mayoría, las que tienen una concepción del futuro muy distópica y contemplan la ciencia y la tecnología con cierto aire ludita, las que se reproducen, las que tienen más hijos (más personas que contaminan) a la vez que están condenando a su prole al futuro negro que ellos mismos predicen.

¿No es eso una contradicción moral? Reducir nuestras emisiones a la vez que no dejamos de multiplicarnos no parece un juego justo de equilibrio: si ya resulta difícil que reduzcamos las emisiones a la vez que cada vez más países están entrando en el Primer Mundo, ¿cómo no va a resultarlo si, además, somos cada vez más millones de individuos? Las emisiones no dejan de crecer, de hecho, a la vez que cada día que pasan más de 100.000 personas de media abandonan la pobreza extrema (es decir, empiezan a contaminar más). Si las emisiones no dejan de crecer, ¿tener más y más hijos no acrecentará ese problema?

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El futuro siempre fue agorero

Predecir el futuro no es fácil. En 1798, Thomas Malthus predijo que la población humana inevitablemente superaría al suministro de alimentos. No fue así, principalmente debido a los avances tecnológicos que Malthus no pudo prever. Una persona optimista, o mejor dicho un optirrealistararamente pensará que estamos encaminados al desastre. Raramente condenará tener más hijos. Ni seguir contaminando razonablemente: porque la solución no es tanto el ascetismo como nuevas tecnologías que generen menos emisiones (o sea, ¿quién ha hecho más por los árboles, los ecologistas o en pendrive?).

Pero la mayoría de la gente no es optimista en este sentido. Y uno, entonces, se pregunta cómo puede una persona tan pesimista con el futuro del planeta, y tan pesimista también a propósito de las fuerzas transformadoras de las nuevas ideas, la ciencia y la tecnología, tener hijos. Plantearse ni siquiera tener un hijo a la vez que censura el uso de plásticos. Tener hijos y volar en avión en sus vacaciones (un solo vuelo equivale a muchas más bolsas de plástico de las que puedas usar en toda tu vida) a la vez que se echa las manos a la cabeza cuando no has separado correctamente la basura la orgánica.




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